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domingo, 18 de octubre de 2009

Heroínas de la resistencia Popular I

JUNIO de 1806: LA RECONQUISTA



A la dulce tentación del libre comercio, la aristocracia respondió
con vasallaje y zapallos en almíbar,
mientras el pueblo organizaba la resistencia desde la trastienda
de una librería.
Conocidas o anónimas, las mujeres desempeñaron
en ella un papel destacado.




Derrotada en Trafalgar, después de 1805, la situación política española era sumamente complicada, mientras que Inglaterra se pertrechaba militarmente. La corona española comenzó a tener certeza de un desembarco inglés en el Río de la Plata, justamente cuando los británicos, en su afán de anexar el Cabo de Buena Esperanza – punto estratégico para el control marítimo con el este- realizó a fines del mencionado año una maniobra de encubrimiento por la cual tocó Brasil antes de dirigirse a El Cabo.

En ese momento el virrey Sobremonte instaló las fuerzas militares en Montevideo; al enterarse de la ocupación inglesa del Cabo de Buena Esperanza, consideró alejado todo peligro para estas costas del río.

Sin embargo la oficialidad británica emprendió rumbo hacia Buenos Aires y la atacó por sorpresa el 25 de junio de 1806. Desembarcaron en Quilmes. El virrey que esa noche estaba en el teatro, recibió la noticia y su primera reacción fue reunir el tesoro huyendo con él a Córdoba.

Beresford quebró fácilmente las tres líneas de resistencia; una sobre las barrancas de Quilmes, otra en los Altos de la Convalecencia (terreno entre los actuales hospitales Rawson y Moyano) y, la tercera en la intersección de las hoy denominadas calles Bolivar y Caseros.

La población porteña, mientras, permanecía en sus casas, escuchaba el chapoteo de los 1500 hombres de Beresford, que con seis cañones y dos obuses tomaron el fuerte. Apenas ingresados a él, el jefe de los astilleros británicos inventarió las armas que las autoridades españolas del virreinato no habían querido entregar ni al pueblo criollo, ni al español. Esto hizo que en un primer momento no se pudieran organizar las milicias de resistencia.

Con la larga astucia de los hijos de Albión, en su primer bando Beresford hizo saber de su respeto por la religión católica, de la protección sobre la propiedad privada; que todo lo demandado seria pagado y, hasta tanto se conociese la voluntad de la majestad británica, se gobernaría por las leyes municipales existentes, gozando además del libre comercio. A esta altura, el Cabildo y todas las autoridades civiles y eclesiásticas se habían rendido, prestando juramento de fidelidad a la corona inglesa, con la promesa de la quiebra del monopolio, la aristocracia porteña cayó bajo sus pies. Así fue que conocido el apetito goloso del conquistador, comenzaron a llegar a su casa, fuentes de dulce de leche y zapatos en almíbar, eran fuentes de plata que el jefe invasor tomaba como obsequio y encajonándolas como había hecho con el tesoro que en Lujan le había arrebatado a Sobremonte, las enviaba a Inglaterra.

Estas familias se disputaban a los rubios intrusos en sus tertulias. Así ellos descubrieron que esta “bárbara sociedad” no tomaba té, dormía mucho y, que sus mujeres sufrían demasiadas jaquecas. Por su influencia se quebró la severa cortesía española; la sociedad criolla aprendió a brindar con la copa en alto, a cambiar el cubierto con cada plato, a estrechar la mano en señal de saludo y presenció algún partido de cricket, lo que anticipó el influjo inglés en nuestro deporte, como quedó demostrado con el fútbol. También introdujeron la rabia conjuntamente con sus perros.

No toda la población tuvo idéntico comportamiento.

La resistencia comenzó a organizarse en la trastienda de una librería. Desde allí se distribuyeron órdenes y dinero; clandestinamente se reunieron cientos de vecinos criollos y europeos, pero no tenían ni un plan, ni un jefe.

Hasta que apareció Santiago de Liniers el 12 de agosto, el francés que había organizado la resistencia desde Montevideo, le hizo llegar a Beresford la intimación. La lucha organizada y finalizó con el general inglés arrojando su espada desde el Fuerte en señal de rendición.


Manuel Pedraza, “la tucumanesa”

Entre tantos anónimos residentes, los días 10-11 y 12 de agosto, Manuela “La tucumanesa”, luchó codo a codo con su marido “con el que formaba una pareja de leones”. Según el documento que más tarde le otorgara el grado de subteniente de infantería “era una mujer varonil con alegría de presagio de victoria”, que acaudilló grupos de guerrilleros de todas las edades, los cuales arrastraron cañones hasta la Plaza Mayor.

En el fragor de la lucha su marido murió atravesado por una bala; ella levantando su fusil mató al inglés que le había disparado.

De esta heroína apenas se sabe que años después continuaba viviendo en Buenos Aires, aparece en un juicio por desalojo de una pieza que alquilaba y, que terminó sus días trastornada y en la miseria.




© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores. Publicado en Junio de 1994.

Versión para Internet

*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

sábado, 17 de octubre de 2009

El "No" de la niña

A los 18 años rompió el molde de la patria potestad.
No le importó ser el molde de un Buenos Aires pacato.
Con la fuerza de su personalidad logró vivir fiel a los dictados de su corazón.




Mientras la amita, ayudada por sus negras, preparaba los zumos para el licor de mandarinas, las niñas charlaban en la sala.

Criticaban por lo alto, se susurraban al oído, se ruborizaban con risitas sonsas; es que no se hablaba de otra cosa en aquellos días de julio de 1805: Mariquita se casaba por fin con su primo Martín Thompson.

En la monótona vida provinciana del virreinato, el caso de María de los Santos Sánchez de Velasco y Trillo, había dado que hablar durante cuatro años. Una vez resuelto, era el escándalo de los padres, que veían amenazada su hasta ahora indiscutible autoridad, los “Jesusmaría” de las obsecuentes madres y la envidia de las niñas convencionales.


Mariquita osó con el “juicio de disenso” enfrentar a la sociedad de su época; cuestionó el concepto social del amor, demostrando ser lo que siempre sería; una mujer valiente, de pensamiento independiente, que se adelantó más de una centuria a sus contemporáneas.

Bella, joven y rica heredera, hija única de un influyente matrimonio que había aguardado quince angustiosos años para ser padres.

Él también hijo único, desde la niñez quedó envuelto en la leyenda a raíz de su trágica historia personal. Muerto su padre cuando él tenía apenas diez años, su madre había tomado la decisión de recluirse en un convento de clausura. Quedó, así, huérfano de padre y madre, bajo la tutela de su padrino que lo inscribió en la “Escuela de guardiamarinas de Ferrol. Cuando en 1801 volvió de su viaje de estudios, se encontró con esa mujercita de catorce años, pequeña, pero de espíritu enérgico que reconoció en ese “Lord Byron criollo” al príncipe de sus sueños.

Don Cecilio Sánchez de Velasco y doña Magdalena Trillo se opusieron terminantemente a esos amores, “caprichos juveniles” decía el padre, que ya había elegido el futuro para su hija. Muy encandilado estaría don Cecilio con los blasones de don Diego de Arco, familiar de los marqueses del Arco Hermoso, para entregarle su hija, cuando su fama de jugador y mujeriego era tal, que su propio padre lo había desterrado a Buenos Aires.

Mariquita, que con razones se oponía, no era atendida en sus reclamos. Su resolución fue asombrosa, el mismo día de la fiesta de su compromiso oficial, reclamó al virrey Sobremonte un representante ante el cual declaró que se la casaba a la fuerza. La ceremonia se suspendió por orden del virrey.

Todo Buenos Aires sabía de las penurias amorosas de estos jóvenes que no cejaban en su empeño y, seguían frecuentándose. Las influencias se movieron: Martín fue enviado a Montevideo y ella pasó largos días en la casa de Ejercicios Espirituales.

En 1804 la pareja inicia el juicio de disenso. Para ese entonces su padre había muerto, pero su madre seguía intransigente. Mediante ese juicio se pretendía apelar a la máxima autoridad, para concretar la unión, prescindiendo de la autorización materna.

El proceso fue tan ruidoso que llegó a España, inspirando a Moratín para escribir “El sí de las niñas”.

Doña Magdalena Trillo argumentaba que no quería ese yerno, porque a causa de su formación militar carecía de conocimientos para administrar sus comercios.

El tribunal falló a favor de los novios, quienes se casaron a fines de julio de 1805. Con el tiempo se comprobó que la madre de la novia no se equivocaba, la fortuna de su hija mermó considerablemente.

Los años fueron transcurriendo placidamente, el halo de romanticismo de su valeroso amor, los tornó a la vida pública, en la que luego de los sucesos de Mayo de 1810, los unió aún más el compartir los ideales revolucionarios.




El 16 de enero de 1816 sería el último día que compartirían. Martín partía en misión secreta a los estados unidos, para conseguir el apoyo del presidente Madison, los contratiempos que vivió en su destino lo precipitaron a la locura. En 1819, regresando a Buenos Aires, murió en altamar.

La viuda de 30 años, en 1820, se casó con Washington de Mendeville, un noble francés que sería cónsul de su país en el Río de la Plata. Su vida con él fue desdichada, hasta que su esposo en 1835 partió hacia Ecuador, para cumplir función diplomática.



Mendeville y Mariquita no volvieron a verse, aunque mantuvieron correspondencia hasta 1863, año en que él murió.

Ella le escribió a Juan Bautista Alberdi, al abrirse la sucesión: “He hecho con mi marido acciones más que heroicas. Dos veces ha estado su consulado en el suelo; yo lo he levantado mil veces, su locura hubiéramos estado en el fango y mi prudencia y paciencia lo tapaba todo. No le he dado un disgusto, mi fortuna a manos llenas. Conocí a este hombre el más infeliz, había venido por un desafío desgraciado y confiado en tomar servicio aquí. Pero las circunstancias lo aterraron y se vio reducido a dar lecciones de música. Yo no tenía más voluntad que sus caprichos”.

Mariquita, tan visionaria, tan preclara, tuvo una vida amorosa signada por las equivocaciones y la desdicha. Aunque se quejara con amargura, seguramente vivió convencida de haber actuado bien, de haber obedecido las órdenes de su corazón, único tirano que podía tolerar.

Por algo, ya en su ancianidad, escribió a su hija Florencia: “mujer que tiene pasiones tiene mérito y, sea en la clase que sea, tiene corazón y es lo que aprecio”.




© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Versión para internet del artículo publicado en Julio de 1993

*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.