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domingo, 18 de octubre de 2009

Cafés de Boedo III

Yo lo trepé a Boedo
viniendo del cruce con Chiclana
¡Y era muchacho!

Mi barrio de lonjeado cielo
Del bodegón humoso y la cantina gringa
De la murra y la canzoneta nostálgica
Labriega, acaso… “la violeta”
(Julián Centeya)


La pintura que Julián Centeya (1), el “hombre gris de Buenos Aires”, así lo llamaban, hace del barrio en su poema “Boedo”, es entrañable. Él era habitante y habitué de cafés como “La Puñalada”(2), que junto con Homero Manzi y los hinchas de Huracán lo contaba entre sus parroquianos.
En la esquina sudoeste de Boedo y Rondeau, con sus paredes pintadas de azul, este reducto que también se llamó Café de la Paz y Huracán, cuenta con anécdotas innumerables, como la de aquel día en que se suspendió el sorteo de la lotería, dándole a los presentes la excusa para fabricar una ruleta con el ventilador al que ponían en movimiento; al desenchufarlo ganaba el número que quedaba en la hora doce.
Su nombre, según se dice, de debió a un hecho de sangre por polleras (3).
En la actualidad ese local se llama “Gran Sur” y, se habla de un proyecto para rebautizarlo con el nombre de Julián Centeya.

Y si trepamos… “Boedo desde el cruce con Chiclana…” (Julián Centeya)

En la propuesta del poeta, sólo encontraremos algunos de aquellos viejos cafés remozados para esta época como por ejemplo: en la esquina de Inclán un moderno restaurante reemplaza a la antigua vinería “La Tacita”, donde el vino de Bordalesa era servido en tazas de loza blanca.

Al llegar a Boedo 857 faltará la famosa cervecería “Munich”, en ese lugar, desde un elevado palco las victroleras, con ojos soñadores y movimientos gentiles, daban cuerda a la victrola mientras cambiaban sonrisas con los hombres sentados estratégicamente en el salón.
Allí Azucena Maizani asombraba con su voz de tiple y sus ropas masculinas, audaces para la época.
En la esquina de San Ignacio ya no está “El Trianón”. En su lugar nació el café “Margot”, plasmado con magia parisina en el Buenos Aires al sur, ilusión que movilizó a nuestros poetas de antaño y nos sigue emocionando a los porteños de siempre.


© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.
Versión para Internet de los artículos publicados en octubre, noviembre y diciembre de 1993
*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog

Cafés de Boedo I


Cuando Boedo era solo un camino recorrido por tropas y carretas que cruzaban alfalfares, quintas, tambos y hornos de ladrillo, las diversiones y el descanso se emparentaban con el hombre de a caballo.

Había por esta zona pulperías como la de Gades, situada en Chiclana y Loria, que tenía canchas de bochas, donde se armaban riñas de gallos y reunión para copas y baraja.

Con la inmigración a esa pampa le nacieron desperdigadas casitas y almacenes esquineros con despacho de bebidas, donde destacaba el estaño.

El tiempo pasó y esos “despachos de bebidas” fueron la cédula madre de los cafés de Boedo, lugar de encuentro para la generación de poetas, escritores, pintores, escultores, políticos, futbolistas e inefables filósofos cotidianos que recorrían las calles del barrio en la década del treinta.

Hubo también, a cielo abierto, glorietas donde se bebía cerveza y podía escucharse a guitarreros, cantares y payadores. “La Aulita”, estaba en Boedo y Carlos Calvo, “La traición” por Colombres y Carlos Calvo. Era época de caudillaje político y solían armarse grescas fenomenales.

Rememorando a Jorge Luis Borges en “La poesía en Buenos Aires”: “Solía concurrir a las largas y apartadas tertulias para ver y escuchar a tipos de la orilla. Andaba por glorietas, recreos y demás lugares de concurrencia de esa clase de payadores y cantores”.

Son pocos los viejos cafés que quedan aún en pie, recordándonos un Buenos Aires distinto.

El café “Homero Manzi”, situado en la esquina Noroeste de San Juan y Boedo. En 1927 se lo conocía como “El Aeroplano”, quizás porque allí nació el vals de Pedro Data, o por el dibujo de un aeroplano en una de sus paredes.

La mitología popular cuenta que en una de sus mesas pegada a la ventana que mira a la Avenida San Juan, Homero Manzi escribió la letra del tango “Sur”. También se dice que entre otros muchos parroquianos, paraba el anarquista Severino Di Giovani.

Con los sucesivos cambios de dueño se llamó en 1937, “Nippon”, en 1948 “Canadian”, hasta llegar al actual y justo nombre.

El café Dante, situado en Boedo 745, era el lugar de reunión de futbolistas y futboleros, todos simpatizantes de San Lorenzo, tal es así que tenía luces azules y rojas que se encendían cuando “El Ciclón”(1) ganaba. Sus jugadores pasaban por el café después de los partidos, donde los esperaba la muchachada del barrio.

En sus mesas sesionó “La República de Boedo” y, también, nació allí de la mano de José González Castillo, la Peña Pacha Camac.

El café “Gran Boedo” estaba en Boedo 819, en su salón se escuchaba música interpretada por orquestas de señoritas, recordamos “La Internacional”, dirigida por Amelia Cruz, y su vocalista Magdalena del Solar.

Este café compartía el local con el teatro América, donde el género era el “Varieté”, precursor de la clásica Revista Porteña.


© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.
Versión para Internet de los artículos publicados en septiembre de 1993
*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog

Boedo

Yo no vengo a hacerme la partida
Pero digo que vengo del Boedo legendario
Julián Centeya



“Mis orígenes están en las cuatro esquinas en cruz de Boedo y Chiclana”

Percibimos como un eco la voz cascada, el fraseo personal, inimitable, mezclado con la calidez de la lunfardía porteña y con la inspiración del poeta que no alardea, sólo enumera lo quimérico de la historia de Boedo.

Desde una geografía humilde, casi campera, de casas bajas y patios con malvones, su gente hizo el camino hacia lo que Boedo significó en el desarrollo cultural de Buenos Aires.

Comienza nombrando como a una amiga a “La Balear”, sociedad de socorros mutuos, fundada a principios de siglo por inmigrantes españoles, cuya arquitectura realza, como telón de fondo, la magia de la cortada San Ignacio que en el cruce con Boedo, prestó su esquina para la arenga y el debate de los políticos de entonces y , también a aquellos predicadores del Ejército de Salvación, que enfundados en grises uniformes, reclamaban con sus himnos, paz y solidaridad.

Allí nomás, cruzando a la acera sudeste estaba el café Biarritz con mesas en la vereda donde una noche confusa mataron a “la Chancha”, apenas un gigoló de arrabal.

El antológico café El Aeroplano, punto de reunión de varios personajes, como Eufemio Pizarro, indultado por Hipólito Irigoyen en el año 1917 del penal de Ushuaia (años después murió asesinado por estas calles), Homero Manzi, Cátulo Castillo perpetuaron su imagen en una milonga.

El café Dante era por aquellos años, como una sucursal de San Lorenzo (1), allí se vivían los después de los partidos, con luces, aplausos y discusiones acaloradas, mientras por la ancha y empedrada calle los tranvías salían chirriando de la estación, para recorrer la piel de Buenos Aires, que crecía sin pausa, acompañada por una galería de escritores, poetas, pintores, escultores, comparables a notables artistas europeos.

Los modestos habitantes del barrio, podían así, leer sorprendidos y maravillados, pagando solo unas monedas, a los librepensadores del mundo, también al talentoso inmigrante judío, que apoyado por la confianza de un editor lleno de sueños, publica “versos de una furcia”, firmado con el seudónimo Clara Beter, generando fantasías, opiniones y hasta cartas de amor.

Desde aquí brotó la chispa que desembocó en la semana trágica, ensangrentando a una Buenos Aires llena de sorpresas.

Acompañaba esa ebullición un nutrido movimiento teatral, por el que pasaba el drama, la comedia, el sainete que llegaba al escenario del Teatro Boedo, enriqueciendo el tiempo libre de los vecinos.

Luego Boedo se fue poblando de peñas y personajes de café, es una “boulevard amplio de aspecto vivido” por el barrio transitan intelectuales, médicos notables, algún malevo, legendarios anarquistas y locos lindos como Francisco Sabelli, al que llamaban “el loco papa”, compañero de militancia de Homero Manzi y protagonista de innumerables anécdotas.

Barrio de inmigrantes nostálgicos, gente luchadora, soñadores, “melenas de novias” y por sobre todo un “lonjeado cielo”.



© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
Versión para Internet
Publicado en agosto de 1994
*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.